OTRA NOVELA POLICIACA

Baldomero Armajales tenía buen saque. Justo a punto de terminarse las natillas, mientras andaba protestando de que ya no las pusiesen encima su correspondiente galleta maria, irrumpió Flórez por la puerta del bar. Baldomero lo vio y continuó a lo suyo como si tal cosa. "Mi sargento.." -le dijo el guardia- "..tenemos un fiambre". Armajales levantó la vista del tazón con los restos del postre e interpeló a su subordinado: "¿un pingüino?". En el cuartel llamaban pingüinos a los ecuatorianos y, por extensión, a todos los emigrantes procedentes de suramérica. "No, no parece", le respondió Flórez. "Esos tipos se ponen hechos unos cabestros cuando se emborrachan..." comentó Baldomero, en voz muy baja, haciendo caso omiso de la respuesta del otro. "Lo ha encontrado el boquillas dentro de una choza, a las afueras de Peñarruza". "¿A qué va ser el millonario? ¿qué nos apostamos...?". "No lo sé, mi sargento". "Pues a ver si va usted tomando nota de lo que se cuece por aquí, Flórez, que lleva ya casi siete meses entre nosotros y no se entera de la misa, la media. Seguro que las discotecas sí que se las conoce todas de puta madre". Flórez se puso colorado.

El millonario era un vagabundo, cincuentón, rodeado de chuchos y lleno de mierda del que se decía que tenía un montón de pasta escondida. Pernoctaba, por lo común, en el barranco de el galante, donde se había construido una especie de chabola con planchas de cartón y unas lonas de plástico. El barranco del galante era una falla de terreno en el término municipal de Peñarruza, ya casi en la linde con La Mancha, por el que únicamente pasaban de tarde en tarde, cuando se levantaba la veda, los cazadores de la comarca y algunos pocos más llegados desde Valencia. A estos últimos se les reconocía porque solían ir de verde y con gorrito. El millonario, de joven, le había dado al jaco a base de bien y había trapicheado a pequeña escala para pagarse el vicio. Ahora, el tío, estaba delgado como una raspa de luz y susbsistía a base de rapiñar lo que se terciaba por las finquitas de la zona. Hacía que no se metía un pico la intemerata. Por falta de pasta, no por falta de ganas. Y su cuerpo, repleto de mugre, y de costras, venía a constituir la confirmación absoluta de la evidencia, esa, de que los heroinómanos están todos ellos en los huesos. El mono, sin embargo, no había desquiciado nunca al millonario. El tío se lo quitaba a base de pimplar anis, masticar hojas de laurel y cagar en el campo. O eso decía.

El sargento le preguntó a Flórez: "¿sobredosis?". "Ni idea...". "¿Y me puedes decir de que puñetas os habéis enterado entonces?". "Tenemos al boquillas detenido, en el cuartel. Estábamos esperando para interrogarlo a que usted llegara". "¿Detenido?.... ¡menudos mariconazos estáis hechos...!". Baldomero fue incapaz de reprimir la sonrisa; retiró la servilleta de su pechera y abandonó la mesa de un brinco. Otro día más que se quedaba sin partida. "Venga, hala, vamos a ver que es lo que se cuenta ese tontaina".

El boquillas era el malo oficial del lugar. Ochenta y tantas detenciones acumuladas. Vacaciones en Fontcalent cada dos por tres, aunque últimamente los jueces comenzaban a absolverle argumentando que el tío estaba loco de remate. Y tonto sí que era, pero loco no estaba. "Y a los tontos no hay que dejarlos sueltos, que a la que te descuidas sueltan el puño o meten la polla donde no deben" trataba de cuestionar con coherencia, el sargento Armajales, las decisiones de su señoría sacrosanta. Tal cual: el boquillas estaba metiéndose continuamente en peleas y molestando cada dos por tres a las chavalas del pueblo.

El número que estaba de guardia se levantó para saludar a su jefe. Fuera del servicio eran íntimos -de hecho, Segura, era el padrino de la hija mediana de Baldomero, la que estaba estudiando derecho en Madrid- pero, en el cuartel, la jerarquía era la jerarquía. Es así como funcionan las cosas. En la oficina, dentro, se hallaban Soto y Mª Carmen. Fue verlos, el sargento, y decirles de no muy buenos modos que le subieran inmediatamente al boquillas. Salieron los dos flechados escaleras abajo hacia los calabozos.

El interrogatorio había terminado y Baldomero tuvo que admitir, aunque fuese mentalmente, que aquél pobre diablo cada día que pasaba se volvía más idiota. Empezó diciendo que sí, que había sido él el que le había robado la Ducati al médico.

"...pero si ya no quedan Ducatis en el pueblo, Boquillas, y el doctor Parra lo que tiene es un quark, que estás en babia.."

siguió diciendo que se había tirado a un par de mochileras en el camino del Chito

"...eso te hubiera gustado a ti..."

y terminó su declaración asegurando que el millonario debía de haber estado de vacaciones en la playa, dándose la gran vida, porque estaba gordo como un cebón y "mu moreno"

"... para eso es millonario". Le dijo a lo último Baldomero Armajales a su huésped antes de poner cierre al interrogatorio.

Algo que hizo sin ninguna necesidad de papeles: "¡si no quieres volver al maco ya puedes quedarte en casa de tu madre, sin largarte a ninguna parte, hasta que te llamemos!".

"Me la suda, soy inimputable".

La respuesta dejó descolocado por completo al guardia civil, al que sólo se le ocurrió replicar:

"¡... inimpumierdas!".

mientras se dirigía hacia la puerta de la calle siguiendo los pasos del joven.

Allí quieto, bajo la bandera, los ojos fijos en los andares veloces y taimados de el boquilla, el hombre le pidió un cigarro a su compadre. "¡Pásame un cigarro, anda!".

"¡Pero si hace un montón de años que lo has dejado!".

"Lo sé, segurata, lo sé..." le reconoció, haciendo empleo del apelativo que utilizaba a menudo para incordiarle, Baldomero a Segura "...pero esta tarde me va a tocar tener que ventilarme una breva y si no me quiero morir de asco tengo que ir acostumbrándome al humillo".

Baldomero le dio una calada al Ducados y se sintió un poco más joven. Tosió. Entró de nuevo dentro del edificio, carraspeando:

"¡Agente Jiménez -desde que ella se le encampanó un día, delante de todo el mundo, en la fiesta de la patrona, no la llamaba ya Carmencita- póngase al ordenador, rápido, que tenemos que levantar el atestado!".

La guardia civil se incorporó, tensó con un gesto apenas perceptible su camisa y giró su talle fino y rotundo, de cordobesa guapa, hacia donde él se encontraba de pie en esos momentos. "Cuando usted guste, mi sargento......"

Daba comienzo una nueva historia.